sábado, 16 de marzo de 2013

El tiempo cura, pero también mata.



Siempre es el tiempo.
Lo que antes te sorprendía ahora se ha convertido en rutina, una rutina que encierra sin barrotes.
Un círculo vicioso que vuelve al inicio cuando menos lo deseas.


Cuando algo que te hace feliz acaba sin que tú lo quieras, lo peor ( y lo único)  que te queda son los recuerdos.

Los recuerdos invaden tu mente y te abrazan el corazón.

Te hacen recordar su sonrisa, sus manos, pero no su olor.

Una foto puede recordarte sus fuertes abrazos pero no cómo era sentirle en tu espalda.

Aún recuerdo sus ojos, pero ya no recuerdo cómo era el escalofrío que sentía cuando me miraban.

¿Veis? A eso me refiero.

Las cosas no solo empiezan y acaban, dejan un rastro invisible de recuerdos, la mayoría dolorosos, que te hacen vivir atado al pasado como quien se agarra a un clavo ardiendo.

Lo peor es que, aún cuando esos recuerdos dejan de traerte lágrimas para regar tus ojos, te siguen encogiendo el corazón, porque, para mí, no hay nada más poderoso que ellos.

¿Qué tiene más poder que un puñado de dolorosos e imborrables recuerdos? Pueden arruinar tu presente y redirigir tu futuro.


La delgada línea entre lo correcto y el impulso de cerrar los ojos y dar el paso sin pensarlo.

Antes de que el momento se quiebre y los trocitos despedacen cada minuto que pasa, sin detenerse, sin preguntarse para qué seguir.

¿Y si el día de mañana no existe? ¿Y si hemos estado malgastando nuestro tiempo?
Llegará el día.
Algún día.
Eso espero... 



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